martes, 21 de julio de 2009





Fernando Pessoa en su niñez (1894)

Contra la democracia*


Fernando Pessoa

La igualdad entre los hombres

La tesis fue expuesta hace tiempo, como una verdad suprema,
por el biólogo Haeckel. Entre el mono y el hombre normal,
dice él, hay menos diferencia que entre el hombre normal y el
genio.
Entre el trabajador intelectual, como le llaman, y el trabajador
manual, no hay identidad ni semejanza alguna; hay una
profunda, una radical oposición.
Lo cierto es que entre un obrero y un mono hay menos
diferencia que entre un obrero y un hombre realmente culto.
El pueblo no es educable, porque es pueblo. Si fuese posible
convertirlo en individuos, sería educable, sería educado, pero
entonces ya no sería pueblo.
El odio a la ciencia, a las leyes naturales, es lo que caracteriza
la mentalidad popular. El milagro es lo que el pueblo
quiere, es lo que el pueblo comprende. En que lo haga Nuestra
Señora de Lourdes o de Fátima, o que lo haga Lenin, es ahí
donde radica la única diferencia. El pueblo es fundamentalmente,
radicalmente, irremediablemente reaccionario. El liberalismo
es un concepto aristocrático y, por lo tanto, totalmente
opuesto a la democracia.
Sí, fijémonos en esto. Eliminemos las distinciones puramente
exteriores, como la que hay entre negros y blancos. La
verdadera diferencia es de otro orden. Es entre gente e individuos.
Acepto a un hombre del pueblo como hermano en Dios,
como hermano en Cristo, pero no como hermano en naturaleza.
Ante la religión somos iguales; ante la Naturaleza y la ciencia
no hay entre nosotros identidad alguna; dondequiera que se
establezca igualdad entre cosas naturalmente distintas hay mística,
hay religión; lo que no hay es ciencia.
Cada una de todas las religiones se divide, más o menos
evidentemente, en dos: el culto externo y la doctrina externa, y
lo que se da en la iniciación, el culto individual y místico o ritual
y mágico. Ahora, la cultura es una iniciación. Y lo es porque
tiene la esencia de la iniciación: el ser otra vida.


Juventud y verdad

Una cosa que al parecer preocupa mucho a los críticos que ya
tienen cuarenta años es la actitud poco “generosa” —en el
sentido que dan a este término en política— de las nuevas generaciones.
No son democráticas, no son libertarias, no simpatizan
con los oprimidos, no odian a la Iglesia, no levantan la
voz para clamar Justicia.
A estos críticos les parece que esta actitud es triste. Tal vez no
lo sea. Les parece reaccionaria. Tal vez no lo sea. Todo depende
de cómo se encare generosidad y reacción. Y al final lo que es
esta actitud es algo muy simple: es fruto de la experiencia.
La juventud de hace veinte años tenía tras de sí la experiencia
constitucional, y toda su tendencia, ante la carencia de esa
experiencia, era contra el constitucionalismo. La juventud de
hoy tiene atrás las experiencias democráticas, y, siempre en su
papel de juventud, representa la reacción contra esas experiencias
cuya carencia estruendosa es de cotidiana evidencia.
La juventud de hoy vio, además, que los libertarios, los socialistas,
los demócratas, ardiendo en amor por el pueblo, acaban
en el enfrentamiento y en el peculado, en el uso, en sus
relaciones con el pueblo, de la policía y del ejército. Y como
esta experiencia es la última, la juventud de hoy concluye que
la realidad vale más que las buenas intenciones, que es inútil
predicar buenas doctrinas. Más vale, pensaron ellos, defender
las doctrinas antipáticas. Por mi parte, encuentro preferible
defender, como algún día lo haré con la debida argumentación
sociológica, que es legítimo que los políticos roben y despojen
al pueblo, a que roben y despojen al pueblo llamando a eso
“gobierno popular”, “democracia”, “libertad” y cosas por el
estilo.
El amor a la verdad sustituye, en la juventud de hoy, al amor
a la mentira disfrazada de generosidad que caracterizaba a la
juventud de ayer. De nada sirve servir a la mentira, por generosa
que sea. El anarquismo, el socialismo, el democratismo
—todo ese enredijo de teorías simpáticas que olvidan que teorizan
para una humanidad de carne y hueso— fueron divinizaciones
de la mentira. Y fueron eso que Carlyle llama la peor
especie de mentira: la mentira que se cree verdad. No fueron
error, el cual es admisible, fueron la mentira inconsciente.
Cualquiera se equivoca. Pero no todos mienten inconscientemente.

La política

El mejor régimen político es aquel que permite con mayor
facilidad y seguridad el juego libre y natural de las fuerzas
(constructivas) sociales, y que con mayor facilidad permita el
acceso al poder de los hombres más capaces para su ejercicio.
No hace falta insistir que variará de nación y, en cada nación,
de época en época.
Con el régimen democrático sucede que si tiene, por su
naturaleza, la primera cualidad, por esa misma naturaleza resulta
de lo peor respecto a la segunda. Su base liberal, al propiciar
que las fuerzas individuales se expandan libremente, garantiza
la plena valorización de esas fuerzas. Pero al basar su
sistema de gobierno en un llamamiento a las mayorías, forzosamente
ignorantes e incultas —de manera absoluta o, al menos,
en relación con el resto del país— hace el acceso al poder
casi ilimitado a hombres dotados para dominar o sugestionar a
las mayorías. Las cualidades necesarias para tal fin no son las
mismas —lo que es más, a veces son contrarias— a las exigidas
para el gobierno de una nación.
Si la transmisión de poderes de la mayoría a favor del gobierno
tuviese en los dominadores y sugestionadores de las
mayorías, no su término, sino un punto intermedio —esto es,
si los elegidos del pueblo fuesen, no sus gobernantes, sino los
que escogieran a los gobernantes— entonces se podría hablar
de una cierta facilidad de acceso al poder de hombres realmente
competentes para ejercerlo. Sin embargo se puede esperar,
en razón de la debilidad y el egoísmo humanos, que los capaces
de dominar empleen esa capacidad simplemente para hacer a
otros dominar, ni tampoco que la vanidad, base de toda capacidad
de dominio, quite al dominador la convicción de su capacidad
para gobernar. El hombre que domina multitudes en
un comicio fácilmente se convence de que dominará números
en un presupuesto. Es absurdo como lógica, natural como psicología.


Dominio de las minorías

Medítese: no tenemos recelo de que la sociedad se democratice.
No puede haber democracia, porque el sólo hecho de haber
sociedad incluye el hecho aristocrático. No se piense, entonces,
que nuestra protesta es contra la democracia como cosa que
exista realmente o que amenace con poder existir. Ella no puede
hacerlo por su naturaleza antinatural y autocontradictoria.
Nuestra protesta es en contra de que se quiera hacer democracia
cuando el hecho esencialmente social es absolutamente
aristocrático. Nuestra protesta representa nuestro pasmo ante
la inutilidad de pedir y esforzarse por poner en práctica doctrinas
que, además de realmente imposibles, perjudican la existencia
de las sociedades y el bienestar social.
La democracia es una (…).
Si una sociedad subsiste, el mero hecho de que subsista
prueba que en ella se da el hecho aristocrático.
Lo que la vida moderna ha conseguido es apenas disfrazar e
hipocritizar (sic) la operación de ese hecho, del hecho aristocrático.
¿Domina el pueblo en un país donde hay sufragio universal?
No domina. Dominan los partidos. Dominan las minorías.
Esto es: el hecho aristocrático persiste disfrazado e hipócrita.
Pero persiste […]. ¿Es la república francesa una república oligárquica?
Naturalmente. Si no lo fuera no podría existir Francia.
No hay, en las repúblicas, en las sociedades, sino oligarquías.
En Inglaterra, por ejemplo, ¿gobierna el pueblo, gobiernan
las mayorías?… ¿Gobiernan?.

* Fernando Pessoa, Contra la democracia, México, uam, 1985.

sábado, 18 de julio de 2009

Próximamente Pandora Ediciones pondrá a la venta un libro que recoge varios escritos de este gran pensador del siglo XX.

Esperamos que nuestros lectores se animen a comprarlo y contribuir al conocimiento de las reflexiones de Emil Cioran.

viernes, 17 de julio de 2009

Mauricio Manco - Diana Paniagua
Willinton Foronda - Camilo Aristizábal
Invita:
Café Libro Este Lugar de la Noche
Jueves 23 de julio 7:30 p.m.


La escuela del tirano

E. M. Cioran

Fragmento de “La escuela del tirano”, en Historia y utopía,

Para no ceder a la tentación política, hay que vigilarse a cada
momento. Pero ¿cómo conseguirlo en un régimen democrático
en el que el vicio esencial es permitirle a cualquiera aspirar
al poder y dar libre curso a sus ambiciones? De ello resulta una
enorme abundancia de fanfarrones, de agitadores sin destino,
de locos sin importancia que la fatalidad ha rehusado marcar,
incapaces de verdadero frenesí, tan inadecuados al triunfo
como al hundimiento. Sin embargo, es su nulidad la que permite
y asegura nuestras libertades amenazadas por las personalidades
excepcionales. Una república que se respete debería
trastocarse ante la aparición de un gran hombre y proscribirlo
de su seno, o impedir al menos que se cree una leyenda a su
alrededor. ¿La idea le repugna? Será que, deslumbrada por su
azote, no cree más ni en sus instituciones ni en sus razones de
ser. Se enreda en sus leyes, y esas leyes, que protegen a su enemigo,
la disponen y la comprometen a su dimisión. Sucumbiendo
bajo los excesos de su tolerancia, tiene miramientos con
un adversario que no le guardará a ella ninguna consideración,
autoriza los mitos que la socavan y la destrozan y se deja enredar
en las suavidades de su verdugo. ¿Merece subsistir cuando
sus mismos principios la invitan a desaparecer? Paradoja trágica
de la libertad: los mediocres, que son los únicos que hacen
posible su ejercicio, no sabrían garantizar su duración. Le debemos
todo a su insignificancia y perdemos todo a causa de
ella. De esta manera se encuentran siempre por debajo de su
misión. Ésta es la mediocridad que yo aborrecía cuando amaba
sin reserva a los tiranos de quienes nunca se dirá suficientemente
—al contrario de su caricatura (todo demócrata es un tirano
de opereta)— que tienen un destino, incluso demasiado destino.
Y si yo les rendía culto es porque, teniendo instinto de mando,
no se rebajan ni al diálogo ni a los argumentos: ordenan, decretan,
sin dignarse a justificar sus actos; de ahí su cinismo, cinismo
que yo ponía por encima de todos los vicios y de todas las
virtudes, marca de superioridad, hasta de nobleza, que a mis
ojos los asilaba de los mortales. No pudiendo hacerme digno de
ellos por la acción, esperaba alcanzarlos a través de la palabra,
de la práctica del sofisma y de la enormidad: ser tan odioso con
los medios del espíritu como lo eran ellos con los del poder,
devastar por medio de la palabra, hacer estallar al verbo y con
él al mundo, reventar con uno y con otro hundirme finalmente
bajo sus escombros. Ahora, chasqueado de esas extravagancias,
de todo lo que le daba realce a mis días, me pongo a soñar con
una ciudad, maravilla de moderación, dirigida por un equipo de
octogenarios un tanto chochos, de una amenidad maquinal, lo
suficientemente lúcidos como para hacer buen uso de sus decrepitudes,
exentos de deseos, de añoranzas, de dudas, y tan
preocupados por el equilibrio general y el bien público que
mirasen la sonrisa como un signo de depravación o de subversión.
Y ahora es tal mi decadencia que hasta los demócratas me
parecen demasiado ambiciosos y demasiado delirantes. Sería su
cómplice, sin embargo, si su odio hacia la tiranía fuese puro;
pero sólo la abominan porque los relega a su vida privada y los
arrincona en su vacío. El único grado de grandeza que pueden
alcanzar es el del fracaso. Liquidar les sienta bien, y cuando sobresalen en ello merecen nuestro respeto.

lunes, 1 de junio de 2009

Recital poético de Ron Riddell
Jueves 4 Junio de 2009. 7:00 pm
Lugar: Este lugar de la noche



La luz del atardecer
Para Alejandra Quintero
Y así vi el agua
Vi el agua correr.
Y así vi la luz
Vi la luz pasar.
Vi la gente, las palomas,
Los árboles, las nubes.
Y escuché el agua
Caer del cielo.
Escuché el doblar de
las campanas en la calle
Y escuché al vendedor de frutas
Gritando sus esperanzas.
Y ahí, en una habitación encima de la calle,
miré de nuevo tus ojos.
Ahí, en la luz, que ya desaparecía
de los cielos, mire.
¿Y tú? Por un momento,
parece que miraste también.

martes, 14 de abril de 2009



Poema Abdicación

Tómame, oh noche eterna, en tus brazos

y llámame hijo.
Yo soy un rey
que voluntariamente abandoné
mi trono de ensueños y cansancios.

Mi espada, pesada en brazos flojos,
a manos viriles y calmas entregué;
y mi cetro y corona?yo los dejé
en la antecámara, hechos pedazos.

Mi cota de malla, tan inútil,
mis espuelas, de un tintineo tan fútil,
las dejé por la fría escalinata.

Desvestí la realeza, cuerpo y alma,
y regresé a la noche antigua y serena
como el paisaje al morir el día.


Hablas de civilización, Y de que no debe ser

Hablas de civilización, y de que no debe ser,
o de que no debe ser así.
Dices que todos sufren, o la mayoría de todos,
con las cosas humanas por estar tal como están.
Dices que si fueran diferente sufriríamos menos.
Dices que si fueran como tú quieres sería mejor.
Te escucho sin oír.
¿Para qué habría de querer oír?
Por oírte a ti nada sabría.
Si las cosas fuesen diferentes, serían diferentes: esto es todo.
Si las cosas fuesen como tú quieres, serían sólo como tú quieres.
¡Ay de ti y de todos los que pasan la vida
queriendo inventar la máquina de hacer felicidad!

Fernando Pessoa


miércoles, 8 de abril de 2009





LOS DIARIOS DE ALEJANDRA PIZARNIK



LUZ ÁNGELA RENDÓN

A treinta años de su muerte, se publicaron en Argentina los diarios y la prosa completa de la poeta Alejandra Pizarnik, los diarios fueron recortados y censurados excluyendo (como sucedió en el pasado con gran parte de la obra en prosa y por voluntad propia de la autora) aquello que además de resultar ofensivo para algunos, no tenía mayor valor literario; no obstante y a pesar de lo polémico de la elección, la información que brindan es lo suficientemente valiosa para estudiosos y admiradores de Pizarnik y motivo suficiente para celebrar el suceso y recomendar su lectura. (1) Ellos son un testimonio fiel e inteligente de su proceso creativo, es decir que pueden leerse como la mejor lección de escritura, pero también como una historia de vida aunque este no era para nada el propósito de su autora; fueron para ella refugio y laboratorio, escribía en ellos por necesidad -anímica, sicológica- , pero también con la idea de que más adelante pudiera convertirlos en su novela. En todo caso es evidente que no le interesaba dejar memoria de su vida, al menos entendida como su vida pública.

Siempre tuvo la idea de la novela, desde el principio. Cada que deseaba algo, deseaba también lo contrario -y en este movimiento a veces llegaba hasta a desearlo todo a la vez, terminando en el vértigo y la perplejidad-. Quiso escribir poemas breves e intensos como un alarido en la noche y lo hizo, pero entonces tuvo la necesidad de experimentar lo contrario de lo que ellos le dejaban; quiso no morir más de inmanencia, salir de sí misma y decir cosas más lentamente, hallar alguna forma de continuidad al hablar, no hablar más a gritos. El diario le proporcionaba algo de esto pero en la medida que no se trataba de un lenguaje trabajado sino natural, ese alivio a sus necesidades no hacía más que alejarla de su objetivo de ser y expresarse de otra forma; por eso no deja de recriminarse e inculparse por no comenzar de una vez a trabajar en la novela y en cambio sí seguir escribiendo libremente en su cuadernillo. En algún punto del trayecto, a los 22 años, escribía:

“Pierdo los días, la vida, el sueño. Pero yo no tengo la culpa si deseo, a la vez, la muerte y la vida. al mismo tiempo, a la misma hora. Nada podré hacer si no me impongo un método de trabajo. Y en primer lugar un método de aprendizaje literario. Si yo tuviera el lenguaje en mi poder escribiría día y noche, pues es lo que màs deseo. Pero ya es obsesiva mi desconfianza en el manejo del idioma. Y la novela se convierte en utopía. Cómo estudiar, y trabajar, y leer, y escribir. Y lo quiero todo al mismo tiempo. Y también embriagarme, y ver amigos y angustiarme, y asistir a todos los [tachado]. Pero sobre todo angustiarme y querer morir porque quisiera todo y sólo soy nada. ¿Qué significa mi abuso de la conjunción y? ¿Qué sino prolongar hasta el infinito cuestiones que es necesario resolver ahora y aquí? (2)

Y un año más tarde:

“Duermo mal. Algo me urge y al mismo tiempo algo me estanca. Ganas de lanzarme y de quedarme clavada. Interés e indiferencia. He temido la locura. Estoy también segura -o calmada- respecto de mi fortaleza mental. Pensé en el amor. Esperanza y desesperanza. Superficial y profunda. Ängel y demonio. Genio e idiotez. No puedo morirme, me disperso, me ilusiono, me desespero. Estoy y no estoy en el mundo. Quiero y no quiero. Pensé mucho tiempo en el escribir y quiero aprender. Presiento un lenguaje mío, un estilo que no se dio nunca, porque será mío. A la casa de él, entonces. Quiero escribir en prosa. Hoy llamé a O. Me alteró su voz. No quiero analizarme. Mi única salvación es comenzar a pensar, es decir, interesarme por objetos concretos. Basta de absolutos, basta de la nada.” (3)

En el plano de la expresión, el conflicto entre poesía y prosa da lugar a declaraciones como las siguientes.

“Quiero escribir cuentos, quiero escribir novelas, quiero escribir en prosa. Pero no puedo narrar, no puedo detallar, nunca he visto nada, nunca he visto a nadie […] La poesía me dispersa, me desobliga de mi y del mundo. Pero contar en vez de cantar. No sé. Es como el lápiz mágico con el que soñaba de niña: que supiera, solo, multiplicar y dividir. Así ahora, me gustaría escribir novelas en el sentido más realista y tradicional que existe”. “no sé por qué me parece que una novela sí es un verdadero acto de creación. Porque la poesía no soy yo quien la escribe.” “La idea de escribir una novela al estilo “ortodoxo”, es decir, narrando, significa elegir lo que es más opuesto a mi naturaleza” Ahí va otra vez en pos de su sombra y percibiendo el otro lado de su poesía: “Es como si hubiera descubierto lo intolerable y lo imposible de la poesía. Me horroriza el lenguaje poético y a la vez, me repugnan los poemas en lenguaje oral” “Cada vez que interviene la razón, que me preocupo por leyes de armonía -heredadas o no-, que escamoteo y sustraigo del caos, la mentira se me vuelve evidente, se aparece como si fuera una visión o como si fuera una revelación sobrenatural” “El peligro de mi poesía es una tendencia a la disecación de las palabras: las fijo en el poema como con tornillos. Cada palabra se hace de piedra. Y ello se debe, en parte, a mi temor de caer en un llanto trágico. Y también el temor que me provocan las palabras” También cuando escribe el diario, no deja de percibir las varias caras de ese escribir: “Tal vez me hace daño escribir este diario pues me proporciona la fantasía de una falsa facilidad literaria. Preferiría estar cinco horas frente al escritorio y escribir solamente dos líneas que estar dos horas y escribir cinco páginas que luego deberé reducir a dos líneas. Lo que me molesta es la escoria” “en verdad no quiero escribir por compromiso o mejor dicho no puedo escribir por compromiso. No sé por qué siento que vengo haciéndolo desde siempre, excepto este diario, este y los demás diarios, en los que me quejo y protesto con cierta libertad -palabra que no debería decir nunca” “el destino de este diario, hallar en él algo a modo de continuidad”

No se encuentran revelaciones propiamente dichas en estos diarios, nada que no esté ya en la obra y mucho menos que la desmienta, en lugar de eso se ponen sobre la mesa –así sea parcialmente- todas las piezas del rompecabezas de su personalidad, y se comparte con ella, entre la emoción, la sorpresa y la fatiga el infierno de su lucidez. Está por ejemplo la carencia afectiva, presente de principio a fin, confabulándose con su exigente y agotador “método” de escritura para acelerar su destrucción

Es tal su imagen de escritora entregada y consagrada por entero a su trabajo, que no deja de sorprendernos cuando nos encontramos de frente con las dudas naturales del comienzo. El diario comienza en 1954 a los 18 años. Sus inicios están marcados por conflictos idénticos a los de cualquier joven -entre la disipación e indisciplina de la juerga y la seriedad y adultez de la disciplina de trabajo- e idénticos a los de cualquier escritora en ciernes -profesión, enfrentada a (¡oh sorpresa!) los hijos y la vida de pareja-. En 1955, año en que publica su primer libro, Alejandra habla sobre su temor a errar en la elección de su vocación. Se dice que habría que comenzar pues por renunciar a la vida de hogar; los ejemplos conocidos así lo confirman, después de hacer un breve repaso de escritoras célebres, son mayoría las que sólo le merecen desprecio: ¡galeotes dramáticos!, aridez sublimada, dice para referirse a ellas, sólo Catherine Mansfield -con la que se identifica varias veces le parece convincente “pero sus tareas eran análogas y la mayor parte del tiempo estaban separados”, concluye. Pero, ¿y si después pasa que no es capaz de hacerse escritora?, ¿si sòlo se engaña al creer que tiene las capacidades para hacerlo? entonces no sólo habrá fracasado en un terreno, sino que su vida toda, hasta sus momentos más dichosos y su propio nacimiento “habrán sido vanos e inútiles”. Con el tiempo, la posibilidad del amor se volvió cada vez más remota; para amarla habría que viajar también a encontrarla detrás del espejo, nadie era capaz de soportar su amor de niña desvalida, delirante y autodestructiva, ella por su parte, cada vez se convencía más de que sólo podía amar a un ser que encarnara el amor surgido de su imaginación, y de que la encarnación de tal ser era imposible que se diera en una sola persona real.

Las dudas sobre la vocación iban más allá de lo afectivo; también sorprende oírle decir: “temo que mis deseos de escribir no sean más que medios para conseguir el fin anhelado, éxitos, gloria, fé en mi.”. Y aún más, enterarnos de que hubo un tiempo, antes de tener 18 años, en el que “Pensaba que la fé era importantísima. Pensaba que la muerte no es para mí. Ni la soledad. Ni el arte.”.

El temor a las consecuencias de esta renuncia vuelve a expresarse años más tarde: “No sólo la muerte da sentido a la vida. Esta verdad ha encarnado en mí. En suma, más que la angustia y la muerte, me preocupa mi carencia amorosa [,,,] ¿cómo no lo comprendí? ¿cómo hube de pensar en mi futuro exilando el amor? Esta mano helada cerrando mi presente, esta espada pavorosa que anonada mis impulsos, esta sensación inocua de que todos mis actos son irrisorios como si se desarrollaran en un escenario de cenizas, todo esto, es mi carencia de amor.” (4)

Y en diciembre de 1962: “De nuevo. Saber de nuevo que es preciso aprender a vivir sin amor. Cada vez que me lo hacen saber me asombro. Y es lo primero que supiste. Lo sabes desde que cumpliste un minuto de vida.” Y en diciembre de 1966, lúcida e impotente, reconoce que se traicionó a sí misma: “Por más que trate de estilizar mi pensamiento hasta hacer de él una espiral o una flecha debo reconocer la verdad: mi sola preocupación es lo erótico. Y en este sentido soy una cobarde que no se oculta de saberlo. Ir hasta el fondo de lo erótico es mi única necesidad, es tal que no lo diferencio de mi” Y en 1971, a un año de su muerte: “…Como si escribir me estuviera prohibido. ¿Y por qué no me estaría? La escritura, el sexo: mi ausencia actual de estos dos pilares de sabiduría”

Para ella, -dijo también alguna vez en su diario, sólo era posible vivir “si en la casa del corazón hay un buen fuego”

No obstante todo lo anterior, ello no impidió que -durante un tiempo- la de la enamorada fuera una de sus voces preferidas, con la cual escribió algunos de sus poemas más memorables.

A pesar de lo esencial que resulta el tema, este no ocupa mucho espacio dentro del texto ni siquiera durante los primeros años; el clima predominante a lo largo del mismo es más bien el de la angustia del escritor enfrentado a sus límites como ser humano por obra y gracia de su trabajo; angustia interrumpida ocasionalmente por esfuerzos autoafirmativos desesperados. Y aún así, la belleza no está ausente, ni en el lenguaje, ni en la misma historia. A propósito, en una de las muchas apreciaciones sobre arte que incluye, dice después de leer teatro de Yukio Mishima y compararlo con el cine de Bergman: “en ambos la demostración de la futilidad, del absurdo de la existencia humana, encarna en imágenes oníricas y en conceptos breves, terribles, bíblicos. Siempre me ha sorprendido y maravillado que se pueda realizar obras bellas partiendo de la imposibilidad de la felicidad o del absurdo de la existencia.”

La libertad de expresión se manifiesta en la mezcla de formas de composición y de recursos para hablar de sí misma. Están sus visiones, largos párrafos e incluso páginas enteras en los que se enlazan entre sí una serie de imágenes, formando un cuadro o escena, y seguidas a continuación por el monólogo del yo que mira y analiza. Están los sueños, que siempre aparecen como tales (al parecer principalmente cuando se trata de los que le resultan o demasiado enigmáticos o con un significado evidente). Aparecen dos o tres poemas, es decir, escritos en verso; uno de ellos en su “idioma de broma”, una especie de trabalenguas aparentemente sin sentido. Aparecen también dos cuentos cortos en los diarios de París (años 1960-1964), la única parte del diario que fue corregida e inclusive publicada parcialmente. Hay muchas pequeñas historietas, a veces contadas y otras consideradas y analizadas a distancia como “tema para un cuento”. En un par de ocasiones, al comienzo, encontramos airadas quejas, que conservan un poco el tono (otra vez, ¡oh sorpresa!), de un manifiesto en contra del medio artístico y cultural de Argentina. Hay diálogos; al menos dos, uno que da inicio al libro (pretendidamente humorístico, entre un pintor famoso, un pintor principiante, un poeta maduro, un poeta principiante y un estudioso del sicoanálisis, sobre el tema de la pantaleta obsesiva) y otro dentro de los cuentos mencionados. También en los comienzos, las plegarias son frecuentes, casi siempre en cumpleaños o comienzos de año; igual sucede con los inventarios existenciales o espirituales que dan como resultado pequeños poemas en prosa autobiográficos. (Muy al principio se tiene la impresión de una voluntad deliberada de utilizar el lenguaje de la poesía pero eso pronto desaparece)

Un par de ejemplos de esos inventarios y esas plegarias -algunos de gran belleza y fuerza expresivas-:

“La viudez de mi destino enmarcó mis huesos. Tengo lo oscuro que vaga silbando en mis aterrorizadas vísceras. Tengo la jocosa maraña de inimaginables plebiscitos artísticos. Tengo la burda emboscada de mi ardor innato. Y tengo mucho más que no digo pues ya es tarde. Muy tarde. Tengo dieciocho años”

“Con las manos tendidas y el pájaro herido, balbuceante y sangriento. Con los labios expresamente dibujados para exhalar quejas. Con la frente estrujada por todas las dudas. Con el rostro anhelante y el pelo rodante. Con mi acoplado sin freno.
Con la malicia instintiva de la prohibición. Con el hálito negro a fuer de tanto llanto. Heredé el paso vacilante con el objeto de no estatizarme nunca con firmeza en lugar alguno. ¡En todo y en nada! ¡En nada y en todo! “ (5)

En enero de 1960, al comenzar sus diarios de París:

“Que este año me sea dado vivir en mi y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado el interesarme por este mundo”

La siguiente no es una plegaria, ni siquiera un ruego, apenas un suave pedido pero el más importante y definitivo y uno de los fragmentos más hermosos de todo el libro:

“Alma querida: si me dijeras: respira callada; el aire augura formas completas; luces extrañas se avecinan; pies azules pisan manos verdes por venir a defenderte. Si me dijeras: respira, mi confiada; la luna no monta cuervos; podrás hablar en futuro sin asfixiarte; nadie muere en tu memoria; no tienes por qué realizar funerales mentales, empresa demasiado seria para tus ojos delicados. Tómale el pulso a un pájaro que tenga colores vivos: verás que te sumerges en un puro despertar. Alma querida: si me dijeras: no busques más, ángel abrazado, no bebas más, no dejes que te la hagan, si me dijeras como me dijiste: el horizonte atroz se equivocó de nombre. No eras tú la esperadora de un barco fantasma. Abandona tu muelle de perros hambrientos. Origina de inmediato un espacio musical donde dejar nuestras desnudeces. Alma querida: si estuvieras, si me dijeras, si vinieras, si me salvaras.” (6)

“A veces es ella hablando de sí misma, y otras es ella hablando de una mujer cualquiera -a la que se refiere con el pronombre y, alguna vez, una sola, al hablar de su imagen públicamente aceptada de poeta, con las iniciales de su propio nombre, modalidad esta última, que utiliza en el 99% de los casos para nombrar a los que aparecen en su diario-; una sola vez también, al hablar de la carencia de amor, en vez de decir yo dice nosotros. (Muchas veces el yo es pasivo, en lugar de ser quien ejecuta la acción, es un lugar en el que se ejecuta la acción, pero esto obedece a otro asunto.)

El placer de los sentidos, que más tarde y por mucho tiempo hasta el fin de sus días se tornó en dolor insoportable, aparece también en una primera época y es reconocido como experiencia fundamental, única capaz de proporcionarle una base firme -pero efímera-. Su alegría con el paisaje, marino, citadino y hasta doméstico, da lugar a emocionadas descripciones.

“[…] cuando siento cada trozo, cada milímetro, cada color, cada baldosa que vuela a mi perfección; sí, cuando siento que mi sentir se amplía infinito y todo lo traspasa, todo ¡ah! ¿Habría mil ejemplos, mil momentos, mil situaciones! Entonces, cuando miro, huelo, oigo, recuerdo, siento; mi ser ya no espera. Mi ser vibra con los sentidos erguidos, atentos en su puesto. Cuando mi alma se espera en las sagradas nimiedades y recuerda su elección en potencia, ya no se angustia buscando rutas seguras. ¡No! No hay angustia que alcance su nivel. Ni desesperación. Ni dolor. No existe vocablo alguno en el cual invertir mi sensación en ese momento” (7)

Excepto estos escasos momentos y aquellos -escasos también- en los que se hace una con el poema y arde en él, siempre está escindida, desgarrada, siempre en pos de su sombra, se niega a afirmarse, a fijarse en una imagen de sí misma. Ella, que dejó de ser mujer para ser poeta y asesinó a ambas, hizo una poesía que sigue siendo para muchos la mejor que cualquier mujer haya escrito en español –en casa de ciegos el tuerto es rey, decía-; y su experiencia de vida sin duda fue, para ella misma y para nosotros que la miramos desde lejos, más rica e intensa que la de la mayoría de las mujeres ayer y hoy. Así de paradójica es la condición humana. Y esto lo supo tan bien, que no dudó nunca a la hora de escoger entre la falsa unidad que le ofrecía su máscara de escritora, y su urgencia por seguir sus propias voces. Probablemente esto sea lo mejor de toda la historia.


NOTAS

(1) Pizarnik, Alejandra Diarios, Barcelona, Lumen, 2003
(2) Ibíd., pp.121-122
(3) Ibíd., p.139
(4) Ibíd., p.107
(5) Ibíd., p. 130
(6) Ibíd., p.191
(7) Ibíd.,p.136